Pablo Santa Olalla
— timeline
— cv
— email
Mar 2012 — Universo cúbico de 600mm de lado
Centro Cultural El Árbol, Valencia, España.

ESP / Instalación multimedia: Audio, pintura acrílica sobre cartón, pintura acrílica sobre cartón en resina acrílica, LEDs, madera, tierra, espejo, materiales diversos. Al abrir la exposición uno de los objetos explota. Exposición individual.

NARRACIÓN DEL UNIVERSO CÚBICO DE 600MM DE LADO

- Génesis:

Hubo espacio, materia y energía. Todo era uno. Al principio el espacio tomó la forma de un cubo; la materia se encarnó en tierra, vidrio, metal, madera, agua y aire; la energía fue peso y magnetismo. Al final la materia quiso ser demasiadas cosas, el espacio no pudo soportarlo y la energía, transformada, se escapó. Contaremos cómo sucedió.

Las aristas del espacio, cúbico, fueron de madera, y una vez delimitado, el espacio se llenó de aire. La materia era entonces sólo madera y aire, y contenida en el espacio tenía forma pero no orden. Fue entonces cuando en una de las caras la materia se condensó en agua, mientras que en la contraria cristalizó. Del agua surgió la tierra y sobre el cristal comenzó a fundirse una delgada capa de metal.

Sobrevino el peso: simétricamente colocadas sobre la forma del cubo, el agua y la tierra por un lado y el cristal y el metal por el otro, comenzaron una lucha. El espacio se revolvió sobre sí mismo, primero rápidamente y luego cada vez más despacio, hasta parar. Ganaron la guerra del peso el agua y la tierra, quedando abajo, mientras que el cristal y el metal quedaron arriba. Se había establecido un orden.

El agua y la tierra, vencedoras, fueron fértiles y se volvieron barro, uniéndose. El cristal y el metal lo intentaron también, pero no pudieron. Habían perdido y solo pudieron ser un espejo inerte que reflejó lo que sucedía con el agua y la tierra. Se cumplía así un dictado que desde entonces dice que lo de arriba es igual que lo de abajo.

Abajo la materia se combinaba creando nuevas formas, y el barro comenzó a hincharse como el vientre de una mujer embarazada. En el interior del montículo de barro se creaban y destruían estructuras y materiales, como si la materia estuviese allí en ebullición.

Casi alcanzando ya el centro geométrico del espacio cúbico, el crecimiento se detuvo. La materia había encontrado en las estructuras sus cuatro posibilidades: horizontal, vertical, diagonal y curva. Y con estas estructuras la tierra y el agua, materia fértil, estuvieron preparadas para crear todos los demás materiales iniciales: la madera, el vidrio, el metal y sus mezclas y derivados. Solo no pudieron volverse aire.

Los materiales estaban sometidos a la energía a través del peso y su contrario, la reacción, a excepción de uno de ellos. Era el metal, que a parte de regirse por esta combinación de fuerzas podía poseer una propia. Algunas veces, al devenir un metal del agua y la tierra, este producto creaba una forma de energía interna. Fue el magnetismo, fuerza innata de algunos metales para atraer otros metales.

Se combinó entonces la materia, intentando volverse aire. El agua y la tierra agotaron sus posibilidades, pero no fue posible. No podía crearse aire de elementos tan pesados. El aire era materia libre, no sometida a las leyes del cosmos. Simplemente llenaba el vacío. Pero ya que no podía crearse aire, el agua y la tierra decidieron someterlo al control del universo, obligándolo a moverse a través de un sistema, de un mecanismo casi perfecto realizado con diferentes piezas de otros materiales.

Del montículo surgieron dos artefactos asombrosos que combinaban todas las virtudes del espacio, la materia y la energía desarrolladas hasta el momento. Eran dos motores que ponían en uso la física del magnetismo de los metales, esa energía que ahora formaba parte también del universo cúbico. Los motores, conteniendo imanes y bobinas metálicas, tenían la posibilidad latente de generar algo nuevo hasta entonces: con su eje, movimiento en el espacio; y a través del magnetismo, electricidad.

Crecieron dos motores enfrentados, y de sus ejes nacieron hélices, formas materiales que, iniciado el movimiento del motor, lo transmitirían al aire obligándolo a moverse. Las bobinas de uno y otro estaban conectadas por cables metálicos, como para compartir un posible flujo de energía que todavía no existía.

Pero los motores no se movieron. El equilibrio era entonces absoluto, inherente al cosmos que se creaba a sí mismo. El mecanismo que haría moverse al aire estaba dispuesto, pero necesitaba una entrada que lo pusiese en marcha. El sistema para mover el aire, sin aire en movimiento no funcionaría. Con un soplo era suficiente, pero ese casi-nada no podía venir del interior del sistema. No había nada en el equilibrio perfecto del cosmos que pudiera iniciar el mecanismo. El límite de desarrollo interno del universo cúbico parecía haber sido alcanzado. Hubo una pausa.

- Historia:

Mucho esperaron la materia y la energía en estado latente, pero nada se movió.

Del propio ser del cosmos, y también de la propia espera y del propio estar suspendido el sistema, fue creciendo como un alma, una especie de espíritu, algo exterior, un demiurgo. El universo cúbico nació al principio como idea, y como idea se creaba a sí mismo, hacia dentro. Pero era creado así en el interior de algún ente.

El contenedor, que pensaba al cosmos desde el principio, viéndolo desarrollarse y luego pararse, se compadeció. Finalmente sopló, poniendo en marcha el mecanismo de control del aire, y dándole una nueva vida al universo cúbico.

El demiurgo hizo girar las hélices; estas hicieron girar los motores a gran velocidad. Se creó la primera corriente de aire, el primer viento entre los motores. Y a su vez fluyó la primera corriente eléctrica generada por las bobinas. El sistema comenzó a funcionar en bucle: un motor alimentaba con viento al otro, y el segundo generaba la energía suficiente para que el primero hiciese girar las hélices —y viceversa.

Tan poderoso fue el soplo inicial del pensador del cosmos que sobró electricidad, oportunidad única que aprovechó la materia, poniéndose en marcha en un enorme esfuerzo de actividad creadora. Rápidamente surgió otro artefacto de maravilla: una lámpara compuesta de un filamento de metal finamente torcido. Al hacer pasar el sobrante de energía por el filamento, éste se calentó hasta la incandescencia, y se hizo por primera vez la luz.

El algoritmo, el sistema ideado por la materia y la energía para mover al aire no sólo fue activado eficazmente, creando la electricidad y el movimiento, sino que de él devino también la energía luminosa. Y gracias a ella, el agua, la tierra y los otros materiales derivados entraron de nuevo en ebullición. Con la radiación fueron creados nuevos elementos: plásticos, aleaciones, estructuras complejas de la materia e incluso gases. Se superaba así la premisa inicial de someter al aire al cosmos por su imposibilidad de crearlo.

El aire fue sometido bajo el dictado del viento. El viento ayudó entonces con su movimiento a la estabilidad general del cosmos y del sistema creado dentro de él. El crecimiento comenzó de nuevo. Todo se hizo cada vez más complejo. Ya no fueron dos motores. Fueron cuatro, luego ocho, dieciséis. Y no se detuvo ahí. Creando corrientes de aire y gases, y con un complejo entramado de hélices, motores y baterías que se conectaban y desconectaban, fue posible almacenar electricidad.

Las pilas se empleaban en generar luz, luz al principio para síntesis químicas de nuevos materiales, pero que gradualmente fue empleada en simple estética, pues el alma del cosmos también evolucionaba hacia lo complejo y ya no solo creaba y se creaba, sino que comenzaba a sentir y a escoger.

De aquellas posibilidades básicas de la estructura de la materia —horizontal, vertical, diagonal y curva— se crearon formas sólidas en el espacio.
Primero fueron apenas aleatorias, tanto en composición como en proporciones, y formaban parte del algoritmo vital del cosmos. Eran paralelepípedos irregulares, tanto rectos como curvos, de cualquier material.

Después el alma universal, que hacía uno del contenedor y el contenido, de lo dicho y el lenguaje, descubriendo una especie de armonía ideal, creó las formas simétricas y regulares. Y las construyó de materiales puros: en ese momento el espacio se ocupó por cubos de madera o hierro, tetraedros plásticos o de aleación y esferas de vidrio macizas o contenedoras de gas.

El alma o espíritu del cosmos no era algo indiferenciado del aquel contenedor donde había surgido. Desde el soplo, demiurgo y universo cúbico fueron uno, como un solo pensamiento o idea, como un alma única. Aunque dentro de esa unidad existía la tensión de contrarios: interior y exterior, actividad y pasividad, real e ideal. Esta especie de momento de giro, de par de fuerzas contrarias unidas en un solo movimiento, era lo que hacía ser al cosmos.

El volverse compleja la materia en el espacio no tuvo límite. Sistemas intrincados de poleas y engranajes movían piezas y luces, creando juegos cada vez más complejos. Había cada vez menos materiales y formas puros, básicos. Las formas en el espacio ya no eran sólidos simples, sino maclas, maclas de maclas de prismas complejos, sólidos multiformes compuestos no por un solo material, sino por varios, en capas, conglomerados y teselados.

Tanto más se desarrollaba el espíritu universal, cuanto se complejizaba la idea del cosmos. Y a través de ella, la realidad del mismo.

Empezó a quedar cada vez menos espacio en la forma cúbica para el movimiento libre del aire. El límite final marcado por las aristas de madera del cubo —madera que empezaba a ser sustituida por otros elementos— quedó estrecho. En un esfuerzo material este límite fue rebasado. La materia superó las caras del cubo, convirtiendo lo exterior en interior. La materia y el espacio, como constantes, ni se creaban ni se destruían, solo podían deformarse. Con esta deformación llegaron los problemas. El cosmos se expandió, pero fue el principio del fin.

Apareció la vibración. Comenzó como un zumbido a penas sensible. Era como algo que no encajaba, aunque aparentemente todo el sistema cósmico estaba engarzado a la perfección. El espacio se convulsionaba, originando fallas en la materia. Como la energía fluye siempre a través de la materia, comenzó a escapar. El temblor se hizo cada vez más fuerte. La energía pulsó desde un punto, luego desde otro, luego desde varios a la vez. Primero vibró y volvió a reposar. Luego vibró y no paró más. Empezó a haber fallos funcionales en los que partes del sistema dejaron de trabajar. Otras partes, para mantener el equilibrio, forzaron su ritmo y aceleraron sus procesos, lo cual no hacía más que empeorar el estado general. No se pudo dominar más al viento. El aire sometido escapó. La materia no pudo retomar todas sus funciones bajo tal estado de presión. La energía, libre de los camino usuales que le marcaba la materia, se liberaba y disipaba sin emplearse en función ninguna.

En un intento final y desesperado por volver a encajar las piezas, el espacio se volvió hacia sí mismo, condensándose en su forma inicial cúbica. La materia forzó al máximo sus máquinas y estructuras para que esto sucediese y fuese posible.

El espacio y la materia, centrípetos, no pudieron sostener a la energía, centrífuga. Era demasiado tarde, e inmediatamente a esa última convulsión, como en un sístole-diástole mal proporcionado, el cosmos llegó a su final con una gran explosión.


POR / Instalação multimídia: Audio, pintura acrílica sobre papelão, pintura acrílica sobre papelão em resina acrílica, LED's, madeira, terra, espelho, materiais diversos. Ao abrir a exposição um dos objetos explode. Exposição individual.

ENG / Multimedia installation: Audio, acrylic painting on cardboard, acrylic painting on cardboard within acrylic resin, LED's, wood, soil, mirror, various materials. One object exploded during the exhibition opening. Solo exhibition.
— <<<
— >>>
— CC BY-SA 4.0